Por Santos Miguel González
Columna de opinión

Lo que ocurrió el 12 de febrero de 2026 en el Senado no fue solo una comparecencia: fue un retrato moral en alta definición.
La entonces fiscal general Pam Bondi fue confrontada con una petición mínima, casi humana: pedir perdón a las víctimas de Jeffrey Epstein. No se le exigió un plan, ni culpables, ni nombres. Solo un gesto simbólico.
Su respuesta, sin embargo, fue un manual MAGA de evasión elegante: “hablemos mejor de la economía, que es próspera” y “dejemos ese caso descansar”.
Descansar…Como si el abuso prescribiera por cansancio. Como si la memoria tuviera botón de apagado.
La senadora que la interpela fue clara y quirúrgica:—¿Por qué siguen apareciendo los nombres y direcciones de las víctimas mientras los victimarios continúan trabajando, cobrando, viviendo sin consecuencias?
Ahí surgió la comparación incómoda. En el Reino Unido, el Príncipe Andrés perdió títulos, funciones y prestigio. No hubo cárcel, pero sí costo social. En Estados Unidos, en cambio, el silencio fue ascenso; la omisión, carrera; y la cercanía al poder, blindaje.

Nadie perdió nada. Nadie pidió perdón. Nadie pagó. Entonces aparece la ironía brutal, casi poética: El mismo movimiento que se autoproclama moral, cristiano y perfecto defiende el olvido con una soltura pasmosa. Tan perfecto es MAGA que Donald Trump aparece más veces citado en la “Biblia Epstein” —esa red de agendas, vuelos y nombres— que Harry Potter en sus siete libros.
No es una metáfora exagerada: es una sátira que duele porque se parece demasiado a la realidad. Hablar de economía para no hablar de víctimas. Pedir silencio en nombre de la prosperidad. Llamar “pasado” a lo que nunca fue justicia.
En Estados Unidos, el caso Epstein no descansa. Lo que descansa —peligrosamente— es la conciencia institucional. Eso es lo más crudo —y lo más revelador— del episodio.
Pam Bondi no se volteó hacia las víctimas ni hacia sus pares en el Senado. Se volteó hacia el poder. No pidió perdón: pidió olvido. Y en política, el olvido no es neutral; es una toma de partido.
Días antes, Donald Trump la había descrito como débil. En ese contexto, su comparecencia parece menos una audiencia y más una audición: demostrar fortaleza no ante el país, sino ante Trump. Mostrar lealtad. Mostrar disciplina. Mostrar que sabe cuándo callar y calló con técnica.
Evadió, giró, desvió. No por torpeza, sino por cálculo. Cada respuesta estuvo diseñada para no entrar en perjurio y no auto-incriminarse. No fue un tropiezo: fue un manual de supervivencia jurídica. Cuando alguien evita responder incluso lo obvio, no es prudencia moral; es autoprotección legal.
Ahí está la tragedia ética: No hubo empatía. No hubo gesto simbólico. No hubo reconocimiento del daño. Solo hubo una consigna implícita: “no miren atrás”.
Pero mirar atrás es precisamente lo que hace justicia. Y pedir a las víctimas que “descansen” el caso, mientras los poderosos siguen de pie, es pedirles que carguen ellas solas con la memoria.
Bondi no habló para el Senado. Habló para Trump y el silencio, en este caso, habló más fuerte que cualquier disculpa.


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