Por Santos Miguel González

( IVU, IVA y otros)
Columna de finanza
La inteligencia práctica no se aprende en discursos, ni en promesas electorales y menos un experto en finanzas. Se aprende cuando la realidad te aprieta el cuello del bolsillo y el sistema da algo con una mano y lo recupera con la otra, con intereses, recargos y cuando vas de compra.
La historia es clara.
En los años 30 no hubo dinero. El crédito desapareció, los bancos cayeron y la economía se asfixió. El error fue no intervenir.
En 2020, durante la pandemia, ocurrió lo contrario: se regaló dinero, se bajaron las tasas, se prestaron millones a bancos y empresas. El sistema no colapsó, pero el precio llegó después: todo se encareció.
No existe el dinero gratis. Solo existe el dinero aplazado.
Los gobiernos dicen “te ayudamos”, pero ese dinero vuelve. No siempre como impuesto directo, sino como inflación. Suben los alimentos, la ropa, los autos, los zapatos, la renta. No lo anuncian en campaña, pero lo sientes en el supermercado. Ese es el impuesto invisible, el que golpea más fuerte a quienes viven de su salario.

Durante años, se impulsaron incentivos a grandes compañías y beneficios fiscales para los más ricos. Se prometió crecimiento. Lo que vino fue déficit, deuda y una economía artificial. ¿Quién pagó la diferencia? No las pagó las grandes corporaciones, solo es sencillo adivinar, estás en lo correcto: La clase trabajadora.
Ahí está el choque entre política y realidad. Presionar para bajar tasas puede inflar la economía por un tiempo, pero después llega la inflación, el ajuste y el enfriamiento brusco. Las economías dopadas funcionan poco: primero seducen, luego pasan factura.
La inteligencia práctica entiende algo elemental
El sistema siempre recupera lo que da y esa lógica no es solo económica, también es personal. No todo título garantiza estabilidad. No toda vocación paga las cuentas. Reinventarse no es caer; es leer el momento y actuar. Cambiar de uniforme no borra los valores. Al contrario: demuestra adaptación, dignidad y lucidez. Si además se gana más, no es traición al pasado; es respeto por el presente.
La inteligencia práctica no romantiza la pobreza ni idealiza el sacrificio. Entiende cómo funciona el poder, cómo circula el dinero y quién termina pagando cuando el discurso se acaba.
Porque al final, el verdadero capital no es el que imprimen los bancos centrales, sino la capacidad de no creerse el cuento y sobrevivir con los ojos abiertos.


Deja un comentario