Trump  y Gustavo tuvieron una conversación a puerta cerrada para enterrar el hacha.

Por Santos Miguel González

Columna de opinión mprdaz

Petro y Trump en reunión
en Casa Blanca

Hay gestos que explican más de cien comunicados oficiales. Donald Trump recibió a Petro  con los pies firmes en la tierra: pidiendo erradicar la cocaína, rutas, campamentos, satélites y presión. Nada de lirismo. Nada de discursos sobre la paz interior. La tierra es dura, huele a pólvora y sobre todo a dólares, y sobre esa tierra Trump camina a paso firme.

Del otro lado, Gustavo Petro reaccionó como quien despierta de un sueño ideológico con migraña geopolítica: Se pudo las manos en la cabeza. No por miedo, sino por la súbita comprensión de que la realidad no dialoga, no firma ceses al fuego y no asiste a foros académicos.

Trump respondió con coordenadas y entonces ocurrió el milagro diplomático moderno: después de la conversación, aparecieron los bombardeos. No contra ideas, no contra consignas, sino contra campamentos de narcotráfico, esos que no leen manifiestos pero entienden perfectamente el idioma de las explosiones.

Los blancos no fueron abstractos. Tienen nombre y siglas. Ahí está el Estado Mayor Central (EMC),  la disidencia que convirtió la selva en franquicia criminal, con laboratorios, rutas y menores reclutados como carne desechable. Paz para el discurso; bombas para el negocio.

Petro habló de paz total, así como los «trances borracho», que habla estupideces con mEn casa Nariño.  Más atrás, moviéndose como fantasma político reciclado, la Segunda Marquetalia, esa guerrilla que firmó la paz con una mano y empacó cocaína con la otra, creyendo que el pasado ideológico servía de escudo.

En el costado oscuro del tablero aparece el Ejército de Liberación Nacional, socio intermitente, predicador de revolución de día y operador de narcotráfico de noche, incómodo para el relato, imposible de ocultar para los satélites.

Y cerrando el círculo, sin discursos ni banderas, el Clan del Golfo, empresa criminal eficiente, exportadora disciplinada, enemiga declarada de cualquier romanticismo político.

La ironía es quirúrgica:              

El presidente que prometió no bombardear, bombardea; el presidente acusado de belicista, ordena con calma administrativa. No fue un giro ideológico. Fue un aterrizaje forzoso. Porque cuando Washington carraspea, en Bogotá se ajustan los cascos… y se revisan las coordenadas.

La “paz total” no murió. Solo entendió Petro que, antes de los discursos… Hay conversaciones y  negocios  que se deben  cerrar, a la fuerza, pero con cañonazos, para enterrar el hacha.

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