Por Santos Miguel González
Don Román Carrasco Delgado, un humilde residente de Humacao de 84 años, demandó a Bad Bunny y a varias productoras (Rimas Entertainment, Dale Play Record etc) por el uso de su icónica “casita” en un cortometraje y en conciertos del artista, alegando que nunca recibió compensación justa. La reclamación asciende a 6 millones de dólares, entre enriquecimiento injusto, explotación comercial y daños emocionales.

replica de la casita de
Don Román Carrasco Delgado
La historia comenzó con el cortometraje “Debí Tirar Más Fotos”, donde la casita color salmón de Don Román se convirtió en escenario principal. Según la demanda, su firma fue obtenida de forma irregular. En la pantalla de un teléfono celular, sobre un documento en blanco, sin explicaciones ni copia del contrato. Un hecho particularmente delicado porque el octogenario no sabe leer ni escribir.
El conflicto se intensificó, cuando la imagen de la vivienda fue replicada en los espectáculos del Coliseo de Puerto Rico y convertida en un símbolo que trascendió al público, las redes sociales y el turismo local. Hoy, la casita de Humacao es visitada por curiosos y aparece en mercancías y contenidos digitales asociados al universo de Bad Bunny, sin que su dueño haya recibido beneficio alguno.

Los abogados del demandante sostienen que se trata de un caso de “enriquecimiento injusto”, donde un patrimonio cultural y personal fue explotado con fines comerciales sin respetar los derechos básicos de su propietario. Además, reclaman la nulidad de los contratos suscritos en condiciones que consideran desventajosas y poco transparentes.
Más allá del aspecto legal, este caso plantea preguntas profundas: ¿dónde termina la inspiración artística y comienza la obligación de compensar a quienes son fuente de esa creación? ¿Cómo garantizar que personas de edad avanzada, con limitaciones formales, no sean vulnerables en procesos contractuales?
Lo que parecía una simple casa de barrio, se ha convertido en el centro de un debate sobre ética, derechos y justicia. La demanda de Don Román no solo interpela a Bad Bunny y su equipo, sino que abre una discusión más amplia: La necesidad de proteger a los individuos frente a la maquinaria de la industria cultural. A veces, detrás de una canción, un video o un espectáculo, también late la vida de alguien que solo pide respeto por lo suyo.

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