Por Santos Miguel González
Durante años el programa F-35 ha sido objeto de duras críticas: Costos, demoras en las entregas, fallos técnicos y auditorías despiadadas que lo señalan como el “avión más caro del mundo”. A partir de esa narrativa, algunos titulares ahora anuncian que Washington ha quedado atrás en la verdadera carrera del futuro: Los drones de combate, esa afirmación, aunque atractiva en su tono apocalíptico, no resiste el contraste con los hechos.

El Pentágono ha puesto en marcha dinero y contratos sobre la mesa. El programa Collaborative Combat Aircraft (CCA) de la Fuerza Aérea y la adquisición del XQ-58 Valkyrie, un dron de combate de bajo costo diseñado para operar como “wingman leal” de cazas como el F-35, demuestran que se trata de un plan tangible.
Por lo tanto, EE. U.U. nunca abandonó la revolución no tripulada; la integró. La doctrina militar estadounidense, no concibe un reemplazo total de los cazas por enjambres autónomos, sino un concepto mixto: Human-machine teaming, (trabajo en equipo hombre-máquina). Su equivalente de aviones tripulados junto a drones de combate que extienden sensores, multiplican fuegos y absorben riesgos. En vez de oposición, lo que existe es complementariedad.

En ejercicios recientes, pilotos estadounidenses han controlado drones simultáneamente con cazas tripulados, ensayando tácticas de cooperación en tiempo real. Lo que se prueba son doctrinas, protocolos de seguridad y rutinas de combate donde la máquina extiende las capacidades del humano. Esto significa que la integración práctica ya está en marcha. Si algo caracteriza a las Fuerzas Armadas de EE. U.U. es que no se limitan a exhibir prototipos: su cultura es absorber, testear y desplegar a escala.
El F-35 aporta sensores avanzados, fusión de datos y conectividad sin precedentes.
Precisamente esas capacidades lo convierten en un centro de mando perfecto para coordinar drones en combate. El avión que muchos dan por fallido puede convertirse en el “cerebro” de la próxima arquitectura aérea. Crítica legítima no equivale a derrota estratégica.
El debate público suele obsesionarse con un modelo de avión o un contrato específico. Sin embargo, la verdadera competencia tecnológica no es por “el mejor dron”, tampoco es por “el mejor caza”, sino por arquitecturas de combate aéreo: Redes resilientes de sensores, plataformas flexibles, software adaptable y cadenas de producción capaces de generar masa a bajo coste.
En este terreno, EE. U.U. mantiene una ventaja decisiva: capacidad industrial, ecosistema de innovación y un presupuesto de defensa que prioriza cada vez más los sistemas no tripulados. Está combinación de interceptores, enjambres, inteligencia artificial y drones desechables no es teoría, es política pública y adquisiciones concretas. La historia suele desmentir a los titulares sensacionalistas por sus diagnósticos prematuros.
La narrativa de “derrota estratégica” puede vender titulares, pero no refleja lo que ocurre sobre el cielo del futuro.

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