Miami bajo presión: cuando el negocio ya no aguanta


Por Santos Miguel González
Puerto Rico — 11 de septiembre de 2026

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Miami siempre ha sido una ciudad de movimiento. Una ciudad levantada en buena medida por inmigrantes, comerciantes, trabajadores y pequeños empresarios que llegaron buscando una oportunidad.
Pero algo está pasando.


Tiendas que cierran, restaurantes que desaparecen, negocios que reducen horarios y empresarios que comienzan a preguntarse cuánto tiempo más podrán resistir.


Sería demasiado fácil echarle toda la culpa a una sola persona o a una sola política. La realidad económica es mucho más complicada. Sin embargo, tampoco podemos cerrar los ojos ante una combinación peligrosa que está golpeando al sur de Florida: alquileres cada vez más altos, costos derivados de los aranceles, una política migratoria más agresiva y escasez de mano de obra y el alquiler se está comiendo al pequeño comerciante

Miami tiene una contradicción interesante: mientras algunos negocios desaparecen, los espacios comerciales siguen siendo muy solicitados. Durante el segundo trimestre de 2026, la disponibilidad de locales comerciales en Miami-Dade cayó hasta apenas un 3%, mientras el alquiler promedio solicitado aumentó. Eso significa que encontrar un buen local es difícil y conservarlo puede resultar todavía más costoso.


Algunos restauranteros han llegado a comprar los edificios donde operan para protegerse de futuras subidas del alquiler. Otros simplemente no tienen esa posibilidad.Y el problema no termina en los comercios.

También lo siente el ciudadano que necesita un techo.
Hace poco conocí el caso de una vivienda cuyo alquiler estaba en unos $700 mensuales y cuyo propietario considera llevarlo a $1,000. Estamos hablando de $300 adicionales cada mes: un aumento cercano al 43%.


¿Y de dónde salen esos $300?
El salario del trabajador no necesariamente aumenta un 43%.
Los aranceles también llegan a la caja registradora


Los aranceles pueden parecer un asunto distante, una guerra económica entre Washington y otros países. Pero finalmente alguien tiene que pagar.
Cuando importar determinados alimentos, materiales, equipos o mercancías resulta más caro, el empresario tiene pocas alternativas: absorber el costo, reducir gastos o trasladarlo al consumidor.


Estimaciones recientes sitúan en cerca de $12,000 millones el impacto acumulado de los aranceles sobre Florida desde comienzos de 2025. Alimentos y bebidas figuran entre los sectores más afectados.
El arancel puede comenzar en un puerto, pero termina muchas veces en el precio que encuentra el ciudadano cuando llega a una tienda.


¿Y quién va a trabajar?
Aquí aparece otro problema.
La política migratoria de la administración de Donald Trump está teniendo consecuencias particularmente visibles en el sur de Florida.


Empresarios de viveros de Miami-Dade han denunciado que están perdiendo trabajadores. Uno de ellos aseguró haber perdido aproximadamente la mitad de su plantilla y dijo que, aun ofreciendo $25 por hora, tenía dificultades para encontrar personas que realizaran ese trabajo.

El final de determinadas protecciones migratorias, especialmente el TPS para haitianos, también ha generado preocupación en sectores como salud, hostelería, restaurantes y servicios.
Y esto nos lleva a una pregunta sencilla:
Si sacamos trabajadores de una economía que depende de ellos, ¿quién ocupará inmediatamente esos puestos?


Es legítimo que un país controle sus fronteras y haga cumplir sus leyes migratorias. Pero también es legítimo preguntarse cuál será el costo económico cuando una política se ejecuta sin que exista suficiente mano de obra disponible para sustituir rápidamente a quienes salen del mercado laboral.


El inmigrante también compra
Hay algo que frecuentemente se olvida.
El inmigrante no solamente trabaja.
También alquila una vivienda, compra alimentos, echa gasolina, paga electricidad, compra ropa, visita restaurantes y paga impuestos.


Cuando miles de personas dejan de trabajar, abandonan una región o sencillamente tienen miedo de salir de sus casas, también disminuye el dinero que circula por determinados comercios.
Por eso el efecto puede convertirse en una cadena:menos trabajadores, menos consumidores, mayores costos, alquileres elevados y finalmente negocios que reducen operaciones o cierran.


No afirmo que cada tienda cerrada en Miami sea consecuencia de Donald Trump, de Ron DeSantis, de los aranceles o de la inmigración. Hacerlo sería irresponsable.
Hay cadenas nacionales que cierran por quiebras, empresas mal administradas, negocios que no lograron adaptarse y comercios desplazados por el mercado inmobiliario.


Pero cuando diferentes problemas comienzan a coincidir al mismo tiempo, hay que mirar el cuadro completo.
Miami sigue siendo una ciudad económicamente poderosa. Precisamente por eso debemos prestar atención a las señales.


Porque una economía no comienza a tener problemas solamente cuando cierran las grandes compañías.
A veces comienza cuando el pequeño comerciante mira la caja al terminar el día, mira cuánto debe pagar de alquiler, calcula lo que cuesta reponer la mercancía y descubre que además le faltan trabajadores.


Entonces apaga las luces.
Y quizás al día siguiente ya no vuelve a encenderlas.

Puerto Rico
11 de septiembre de 2026

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