Por Santos Miguel González
Reporte especial

La situación en Venezuela continúa siendo extremadamente crítica. Miles de personas han perdido la vida, otras tantas permanecen heridas y las labores de rescate siguen en marcha. La respuesta de emergencia se ha visto dificultada por la falta de maquinaria pesada, los daños en la infraestructura y diversos problemas de coordinación. En muchas comunidades, los voluntarios y la ayuda internacional han desempeñado un papel fundamental.
Seis días después de los devastadores terremotos que sacudieron al país, el dolor comienza a transformarse en frustración. En las calles, en los refugios y en las redes sociales se multiplican los testimonios de ciudadanos que afirman sentirse abandonados ante la lentitud de la respuesta.

Mientras las autoridades informan sobre los operativos en marcha y agradecen el apoyo internacional recibido, numerosos sobrevivientes aseguran que la ayuda tarda en llegar a las comunidades más afectadas. También circulan denuncias sobre demoras en la distribución de suministros y dificultades para algunos equipos de rescate y voluntarios, aunque estas acusaciones aún requieren una investigación independiente.
Las réplicas del sismo, junto con los daños en carreteras e infraestructura, han complicado aún más las labores de búsqueda. En muchos sectores, vecinos y voluntarios han asumido las primeras tareas de rescate con los recursos que tienen a su alcance.

Lo que parece indiscutible es el sentimiento que hoy expresan muchos venezolanos: desesperación, impotencia y cansancio. Más allá de las diferencias políticas, la población reclama que la prioridad sea salvar vidas, atender a los damnificados y hacer llegar la ayuda con rapidez y transparencia.
En una tragedia de esta magnitud, las víctimas esperan menos discursos y más acciones. Cuando el tiempo corre en contra de quienes permanecen bajo los escombros, cada minuto cuenta.
Opinión del autor
En mi opinión, basada en lo que observo diariamente en las redes sociales, predominan las quejas de la ciudadanía, los testimonios de familias afectadas, los voluntarios molestos y las denuncias de personas que afirman que la ayuda no está llegando con la rapidez que debería.
No afirmo que todas esas denuncias estén judicialmente comprobadas. Sin embargo, cuando un pueblo entero expresa su frustración, es evidente que existe un profundo malestar que merece ser escuchado e investigado.
En una tragedia de esta magnitud, la prioridad no debe ser el discurso político ni la fotografía oficial. La prioridad debe ser que la comida, los medicamentos y los rescatistas lleguen a tiempo.
Menos protocolo, menos propaganda y más humanidad.


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