En medio de la creciente tensión entre Irán y Estados Unidos, ha comenzado a circular una advertencia tan espectacular como conveniente: apagar Medio Oriente en 30 minutos, como quien baja un interruptor… o sube un titular.

La frase, atribuida al siempre útil Ali Larijani —ascendido en redes sociales a jefe de seguridad por decreto viral— surge como respuesta a las habituales declaraciones de Donald Trump, donde destruir infraestructuras ajenas parece tan sencillo como firmar un tuit.
Y entonces aparece la película:un fallo en cascada, millones a oscuras, hospitales mudos, ciudades sedientas y, por supuesto, soldados estadounidenses corriendo en la noche como extras de una superproducción geopolítica de bajo presupuesto.
El problema no es la imaginación… es la física. Las redes eléctricas del Golfo están conectadas, sí, pero no funcionan como una bombilla gigante esperando ser apagada desde Teherán con un aplauso dramático. La infraestructura energética, por más vulnerable que sea, no responde a guiones virales ni a amenazas redactadas con tono cinematográfico.
Eso sí, la receta del miedo está bien lograda: me
zcla dependencia de desalinización, añada vulnerabilidad real, agite con cifras redondas y sirva caliente en redes sociales. Resultado: una catástrofe perfectamente creíble… y perfectamente inflada.

Porque mientras algunos imaginan un apagón total en 30 minutos, olvidan un detalle incómodo: las bases militares no funcionan con velas, ni las potencias invierten miles de millones para quedarse “a ciegas” por un titular bien redactado.

Pero la narrativa ya hizo su trabajo. No importa si ocurre. Importa que se crea. Y en ese punto, la amenaza deja de ser eléctrica… y se vuelve literaria.
Porque en esta guerra moderna, donde la verdad compite con la velocidad del rumor, el verdadero poder no está en apagar la luz… sino en lograr que millones crean que alguien ya encontró el interruptor.


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