Entre redes y misiles: pescadores en la encrucijada

Por Santos Miguel González

Geopolítica

Hace poco, nueve pescadores venezolanos fueron abordados durante ocho horas por efectivos del destructor estadounidense USS Jason Dunham (DDG-109), mientras faenaban en aguas de la zona económica exclusiva de Venezuela. Fue calificado por Caracas como un acto “ilegal” y “hostil”, un episodio más en la escalada de tensiones entre EE. U.U. y Venezuela.

Pescadores de la isla margarita
de Venezuela en protesta
por la presencia de  barcos
de la marina de E.E.U.U.

Ese suceso —un buque militar con misiles que captura a hombres de mar— no debe ser visto como un incidente aislado, sino como un síntoma de una guerra del gran poder sobre territorios secundarios, con seres humanos atrapados en el medio.

La fragilidad del pescador frente al instrumento militar

Las comunidades pesqueras —como las de Margarita— llevan generaciones lidiando con mareas imprevisibles, vientos traicioneros y las exigencias de regulaciones varias. Ahora, se enfrentan a algo aún más intangible y peligroso: la lógica del poder militar. Un pescador le decía a un periodista: “Para un misil no sé cómo se está preparado”. Es una frase que resume la impotencia que sienten.

Los pescadores no van al mar con armas, ni cartografía bélica. Van con redes, con esperanzas de una buena pesca, con el sudor y la fortaleza heredadas. Pero cuando un destructor está encima, con misiles de largo alcance y tropas dispuestas, esas redes y esos sueños parecen vulnerables.

La diferencia de fuerzas es abismal. No es solo un choque entre naciones, sino entre maneras de estar en el mar, entre lo civil y lo militar.

La legalidad y el discurso de soberanía
Estados Unidos sostiene que sus operaciones responden a misiones contra el narcotráfico. Venezuela, por su parte, denuncia que esas operaciones sirven como pretexto para intervenir e intimidar. Maduro ha dicho que estas agresiones son “una excusa para la intervención”.

Sin embargo, esos discursos oficiales no revierten el riesgo real para quienes están en las pequeñas embarcaciones frente a la inmensidad naval.
Desde el derecho internacional, los estados tienen derechos sobre su zona económica exclusiva (Z.E.E), pero no pueden ejercer plenamente jurisdicción de carácter coercitivo como lo haría una marina de guerra. Aquí se abre una grieta legal: ¿hasta dónde puede ir una marina extranjera en aguas que otro país reclama?

El mar como frontera viva
y disputada

El mar Caribe se vuelve un escenario geopolítico donde se enfrentan discursos de “seguridad hemisférica”, lucha contra el narcotráfico y pretensiones de contención. Pero ese mismo mar es espacio vital para comunidades que dependen de él para alimentarse, para subsistir.

Cada incursión naval con fuerza y riesgo —aunque la justifican con misiles, radares y seguridad— perfora la normalidad de los pescadores, genera miedo y obliga al repliegue. Si dejaran de salir al mar por temor, las vidas costeras estarían amenazadas.

Un estado ausente, una comunidad sin defensa
No basta con denuncias diplomáticas. ¿Dónde está la presencia estatal efectiva para proteger los derechos de los pescadores? ¿Qué protocolos, qué alertas, qué acompañamiento de fuerzas civiles o de guardacostas existen para que una embarcación artesanal no se convierta en objetivo?

Mientras tanto, los pescadores quedan atrapados entre los intereses de grandes potencias, sin recursos para armarse ni poder para disuadir. Padecen el estruendo del cañón sin tener más defensa que la palabra y la denuncia.

Humanizar la discordia     Este episodio en Margarita muestra que no solo hay tensiones entre Estados, sino víctimas silenciosas en la cadena: hombres del mar, humildes y expuestos.
Los conflictos estratégicos no pueden ignorar que detrás de cada embarcación hundida o abordaje hay vidas, hay familias, hay identidad.

Si la lógica del misíl, del destructor y de la intimidación se impone sobre la del pescador, estaremos viendo no solo una escalada militar, sino una pérdida del sentido humano en el mar.

Los pescadores no deben ser rehenes del conflicto mayor. Cualquier actuación militar en zonas donde hay civiles debe considerar su presencia, sus derechos y su vulnerabilidad. Y las naciones, en lugar de apostar al choque, deberían buscar mecanismos de diálogo y acuerdos que garanticen que el mar siga siendo espacio de vida, no de guerra.Este episodio en Margarita muestra que no solo hay tensiones entre Estados, sino víctimas silenciosas en la cadena: hombres del mar, humildes y expuestos.

Los conflictos estratégicos no pueden ignorar que detrás de cada embarcación hundida o abordaje hay vidas, hay familias, hay identidad.

Si la lógica del misíl, del destructor y de la intimidación se impone sobre la del pescador, estaremos viendo no solo una escalada militar, sino una pérdida del sentido humano en el mar.

Los pescadores no deben ser rehenes del conflicto mayor. Cualquier actuación militar en zonas donde hay civiles debe considerar su presencia, sus derechos y su vulnerabilidad. Y las naciones, en lugar de apostar al choque, deberían buscar mecanismos de diálogo y acuerdos que garanticen que el mar siga siendo espacio de vida, no de guerra.

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