El arte gotico
Por Santos Miguel González

oscuro y sombrio
El gótico nació en la Edad Media como un canto de luz. Entre los siglos XII y XVI, las catedrales se alzaban hacia el cielo con arcos apuntados, bóvedas de crucería y vitrales que no eran oscuros, sino radiantes. Cada rayo de sol que atravesaba sus vidrieras teñía de rojo, azul y oro las piedras. Buscaba la ascensión celestial, en el arte pretendía acercar lo divino al hombre.
La historia es caprichosa y los nombres cambian de piel con el tiempo. Lo que fue llamado “gótico” por los renacentistas era, en realidad, un insulto: un estilo “bárbaro”, propio de pueblos considerados incultos frente al clasicismo grecolatino. Así, el esplendor luminoso quedó marcado con la huella de lo extraño, lo decadente y lo sombrío.
Siglos después, los románticos miraron las ruinas medievales cubiertas de hiedra, las torres ennegrecidas por el humo y los cementerios húmedos. En las piedras vieron el misterio, la melancolía y el terror sublime. El gótico resucitó, ya no como luz celestial, sino como sombra poética: Castillos embrujados, pasadizos secretos, noches eternas. El arte que quiso ser luz, terminó sumergido en literatura oscura y la música termino desde lo fúnebre a una moda de duelo.
Hoy, cuando hablamos de “cultura gótica”, pensamos en la subcultura moderna: cabellos negros, encajes oscuros, maquillajes estramboticos, poesía maldita y música melancólica. Pero debajo de esa piel sombría, late aún la memoria de las catedrales luminosas. El gótico, en el fondo, nunca dejó de ser un puente entre lo humano y lo eterno, entre la luz y la sombra.
La moda gótico nunca murió: Se transformó. De vitral a la ruina, de plegaria a susurro nocturno, de ascensión a descenso. Un mismo nombre, dos rostros: El cielo se abre y la oscuridad nos envuelve en lamentos.

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